Tierno galvan e.

Introducción a la sociologia - 1a - Madrid Tecnos 1960 - 170 Páginas 22 x 16.5 cm

Es un lugar común que, en España, ninguna disciplina universitaria –si exceptuamos a la filosofía– ha llegado a un nivel tan bajo como las Ciencias Sociales. Ello se traduce en la ausencia de lo que, en la mayoría de los países, se entiende por un tratamiento científico de tales disciplinas y en una tendencia a sustituir a éste por el periodismo, la crónica histórica, el «ensayismo», la disertación metafísico-teológica u otra serie de cosas, muchas de ellas en sí muy respetables, pero inadmisibles cuando se presentan bajo el título de Teoría política o de Sociología.

Claro está que tal situación, no se debe solamente a razones de orden puramente académico –falta de especialistas, carencia de tradición en tal tipo de estudios, &c.– sino que obedece, en especial, a motivos políticos: el Régimen teme, con razón, que de un análisis científico de la realidad social y política puedan deducirse consecuencias subversivas. Ambos tipos de causas se condicionan mutuamente: la dictadura favorece que el estudio de los fenómenos sociales y políticos permanezca en un estadio pre-científico y hasta anticientífico desde el cual es más fácil lograr una justificación del Régimen o, al menos, la inocuidad.

Por otra parte, los cultivadores de las Ciencias Sociales en España, han sido, especialmente, juristas; así en la Facultad de Derecho se han tratado diversos temas en relación con ellas bajo diferentes títulos (Derecho Político, Teoría del Estado, Sociología, &c.). Lamentablemente, la mayoría de las veces se han limitado al examen del Estado, en el mejor de los casos desde un punto de vista puramente jurídico formal, olvidando temas tales como las clases sociales, los partidos Políticos, la opinión pública &c. El escolasticismo, tan frecuente entre los Profesores universitarios, ha tratado de justificar la Dictadura de Franco a base de citas [6] mutiladas de Santo Tomás o mistificando el pensamiento de algunos grandes clásicos españoles del Renacimiento, como Suárez –«nuestro eximio Suárez» que diría Luño Peña, Mariano Puigdollers y compañía– que en realidad son profundamente liberales.

Otro grupo de profesores, llevados por el mismo propósito de crear la «razón general de consolación y justificación» del franquismo, han acudido a teorías más modernas pero, claro está, no menos reaccionarias: el nazismo y el fascismo. Entre éstos que se propusieron levantar el tinglado ideológico del Estado Nacional Sindicalista (Luis Legaz Lacambra, Joaquín Ruiz Jiménez, Salvador Lisarrague, &c.) sin duda alguna la palma de la abyección se la gana Francisco Javier Conde. Las más reaccionarias doctrinas alemanas, sirven de inspiración a este grupo: en política se popularizaba a Karl Schmidt, en Sociología a Hans Freyer, pero lo que en Alemania había sido delirio trágico, se convertía en su versión española, por obra y gracia de F. J. Conde, en caricatura grotesca o bufonada.

Ni que decir tiene que este tipo de teorías, si en otro tiempo tuvieron alguna vigencia, hoy en día carecen casi en absoluto de ella, pese al apoyo oficial que continúan recibiendo, hasta el punto de que sus mismos autores tienden a abandonarlas. A las razones de orden teórico que hacen imposible a ningún intelectual serio suscribirlas se unen otras de orden práctico: la derrota del nazi-fascismo en la segunda guerra mundial y el ingreso de España en el bloque occidental por la alianza militar con los Estados Unidos. En estas condiciones parecía lógico esperar que se dejara sentir en nuestro país, como en la mayoría de los de Occidente, la influencia de las ciencias sociales americanas, sobre todo si tenemos en cuenta el carácter francamente conservador de éstas. Parece sin embargo que el Régimen las considera un tanto peligrosas, demasiado «avanzadas», y el hecho es que entre los especialistas en ciencias políticas y sociales españoles, sólo muy poco apoco se nota la influencia de los social scientists americanos; y cuando tal ocurre no falta quien vea en ello una actitud de oposición al Gobierno e incluso muy progresista. Una prueba más de la confusión que se crea bajo dictaduras como la de Franco.

Dentro de esta última corriente, cabe colocar el libro recientemente publicado por el Señor Tierno Galván, Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Salamanca y persona muy conocida, además, por sus actividades extrauniversitarias. La obra en cuestión es de gran interés. No es frecuente que nuestros profesores de Derecho escriban sobre Sociología ni que cuando lo hagan traten de colocarse en el nivel que ésta ha alcanzado en los países en que tales estudios están más desarrollados. Por otra parte, la obra en referencia es un intento de superar las concepciones teológicas y metafísicas abundantes en la literatura sociológica y política de España. En una palabra, se trata de hacer de la sociología una «ciencia» burguesa. Ni que decir tiene, que con ello no nos referimos a los motivos psicológicos del autor del libro, sino a la fuente objetiva de sus errores. La burguesía, en tanto que clase dominante, y para asegurar su dominación, necesita conocer lo mejor y más exactamente posible la realidad social, pero en tanto que clase parcial tal conocimiento está condicionado por su situación e intereses que la hacen tener una visión deformada. La máxima «objetividad» que la burguesía puede lograr se mantiene dentro de éstos límites impuestos por su situación de clase. Exigir al científico burgués que los supere es exigirle que deje de ser burgués, lo cual, en la mayoría de los casos, resulta mucho pedir. En el caso concreto del Señor Tierno Galván en España, creemos que, incluso desde esta posición limitada, podía haber cumplido una función positiva elaborando y [7] haciendo coherentes los problemas que la burguesía española plantea con su actividad práctica y procediendo a la crítica científica y a la disolución de las ilusiones, metafísicas que en nuestro país frenan todo desarrollo.

Ocurre sin embargo que la «objetividad» burguesa encuentra otro límite en el grado de intensidad que alcanza la lucha de clases: mientras ésta permanece latente o se manifiesta por actos aislados aún es posible la «ciencia», pero cuando adquiere caracteres más amenazantes «en adelante ya no se trata de saber si tal o cual teoría es verdadera, sino de si es cómoda o incómoda, agradable o no a la policía, útil o perjudicial al capital. La investigación desinteresada es sustituida por la polémica pagada, la investigación concienzuda por la mala conciencia y los subterfugios apologéticos». En tales ocasiones los «científicos» ya no se atienen ni siquiera a la «objetividad» que postulan y solo les interesa ser guardianes y defensores del sistema. En una palabra: el sociólogo se convierte en guardia civil.

Lamentablemente el libro del Señor Tierno Galván incurre también en este defecto, lo cual, no sólo le resta todo el valor positivo que pudiera haber tenido, sino que hace sumamente difícil toda crítica inmanente de muchas partes de la obra en que la única finalidad que le anima es ser celoso guardián del orden público.

En el libro que comentamos se repiten insistentemente los temas predominantes en las ciencias sociales de Occidente y, muy especialmente, en las de los Estados Unidos. ¿Cuáles son esos temas?

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La burguesía, en su etapa ascendente de lucha contra el feudalismo, había contado con la energía revolucionaria que le había permitido agrupar en torno suyo a las otras clases y presentar sus intereses como los de toda la sociedad en magníficas construcciones ideológicas. La afirmación del Estado Burgués como el mejor se hacía apoyándose en primeros principios considerados como autoevidentes o derivados de la «naturaleza», de la razón o de la especulación filosófica. Las crisis revolucionarias del siglo XIX van a acabar con las ilusiones de la burguesía y la seguridad en sí misma y hacerla adquirir conciencia de que es perecedera. La Revolución de 1848 y la aparición del Manifiesto Comunista señalan el fin de la etapa ascendente de esa clase que, en adelante, se hace profundamente conservadora realizando el compromiso con los feudales en contra de la nueva clase ascendiente: el proletariado.

En esta época se sitúa el fin de la filosofía burguesa clásica, renunciándose en el futuro, a todo sistema omnicomprensivo; en teoría del conocimiento predominará el agnosticismo. Para la concepción de la época sólo debemos preocuparnos de conocer las ciencias especializadas y rigurosamente separadas unas de otras. Frente a los economistas clásicos o los socialistas utópicos que habían tratado de explicar el conjunto de la sociedad, nace la Sociología que prescindirá del estudio de la base económica, y como una pretensión de rechazar toda metafísica. En Teoría Política se hacen cada vez menos frecuentes las obras que especulen sobre la mejor forma de gobierno, los fines del Estado, &c., propagándose la idea de que lo propio del método científico es la simple observación de hechos y el razonamiento lógico a partir de ellos. [8]

La Revolución de 1870 hace resaltar estos rasgos. La falta de todo sistema filosófico comprensivo hace que Whitehead llame a los veinte últimos años de este siglo la más sombría etapa del pensamiento desde las Cruzadas. La labor de la filosofía se limita a impedir que se generalicen los resultados concretos obtenidos en las diversas ciencias de forma que puedan sacarse conclusiones peligrosas para el sistema capitalista. En Teoría Política se va a considerar que ninguna forma de gobierno puede demostrar su superioridad sobre las otras y se rechazará todo intento en tal sentido como acientífico y metafísico. A nombre de la objetividad científica se atacará, en especial a partir de la primera guerra mundial, al comunismo. Un teórico burgués, ferviente partidario del método científico, ha descrito la situación así: «apareció que la ciencia era incapaz de defender la civilización occidental refiriéndose a principios fundamentales»; y ante tal imposibilidad decidió defenderla de otro modo: levantando las barreras que impidieran toda crítica al sistema al declarar a ésta acientífica. Se trata, evidentemente, de un intento defensivo de alguien que se bate en retirada y no falta razón a quien ha calificado a esta tendencia de «débil y lastimera».

Si éstos trataban de salvar a Occidente del comunismo a partir de la ciencia y la razón otros iban a intentarlo a partir del mito y el irracionalismo y por una curiosa ironía histórica muchos de los más ilustres preconizadores del método científico iban a sufrir persecuciones del nazismo al que poco podían oponerle. Así Einstein, quien en 1940 escribía: «si alguien aprueba como objetivo la extirpación de la raza humana sobre la tierra uno no puede refutar tal punto de vista con fundamentos racionales»; cuando alguien, efectivamente, se propuso tal objetivo, Einstein tuvo que huir de su país. El mundo occidental, al limitar el campo de aplicación de la razón a sectores parciales, había dejado una amplía esfera en que sólo lo irracional podía regir y ahora, esas fuerzas desatadas, se volvían contra él.

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La característica más señalada de las ciencias sociales burguesas es, sin duda, su odio al método dialéctico e invocar, en cambio, el método de las ciencias naturales. Nada tiene de raro que la dialéctica– álgebra de la Revolución la llamaba Alejandro Herzen– se convierta en un escándalo y abominación para la burguesía y sus portavoces doctrinarios ya que «en la comprensión positiva de las cosas existentes incluye, al mismo tiempo, la comprensión de su negación, de su desaparición necesaria; todas las cosas son concebidas en ella en su movimientos o sea en su aspecto efímero; no deja que nada se le imponga, es esencialmente crítica y revolucionaria». Al aplicar el método de las ciencias naturales se cree poder eliminar las contradicciones de la sociedad sustituyéndolas por la armonía y, al separarla además de la base económica, se tiende a convertir a las relaciones sociales burguesas en eternas, suprimiendo su carácter histórico.

Por otra parte, el fenómeno que Marx denomina «fetichismo de la mercancía» hace que las relaciones sociales entre personas se presenten bajo la forma de cosas, de objetos, de modo que esta apariencia, tal como se presenta a la superficie es muy diferente, e incluso contraria, a su forma interna, esencial, oculta. La racionalización formal propia de la producción capitalista, la consideración de lo cuantitativo en vez de lo cualitativo (valor de cambio en vez de valor de uso, [9] trabajo abstracto en vez de trabajo concreto, &c.), se lleva a cabo también en el campo de las ciencias sociales cuyos especialistas tratan de reducir los fenómenos sociales a categorías formales y cuantitativas, dejando el contenido, el aspecto cualitativo, fuera de la «ciencia» que debe su «exactitud», casi matemática, precisamente a que el sustrato material queda fuera de ellas como algo incognoscible e irracional, limitándose a operar con categorías del entendimiento. Conscientes del idealismo que esto implica llegan a veces al colmo del refinamiento presentando a las leyes sociales, no como leyes objetivas, sino como condición de posibilidad de explicarnos la sociedad; esto es, no nos aseguran que la sociedad se comportará efectivamente de cierta manera, sino que se limitan a afirmar que, si se comportara de otra forma, no nos lo podrían explicar a partir de esas leyes.

Ocurre, sin embargo, que como el contenido, el sustrato material de los fenómenos, continúa existiendo y actuando aunque estos «científicos» hagan abstracción de él, y como es precisamente tal contenido el que da origen a los cambios sociales y políticos, a todos los grandes acontecimientos, resulta que éstos son inexplicables e irracionales para los sociólogos burgueses a quienes se les presentan como catástrofes imprevistas, y su posición no difiere mucho de la del hombre medieval constantemente amenazado por la amenaza del milagro que venga a quebrar el orden natural (Cf. infra la discusión sobre el cambio social en el libro del Sr. Tierno Galván). Resulta conmovedor, por ejemplo, ver cómo un hombre de buena voluntad como Meynaud, después de haber escrito un libro sobre ciencia política, al darse cuenta de que los acontecimientos en su país han ocurrido de forma imprevista, que se le escapan, se pregunta: «¿Será la ciencia política una futilidad o, peor aún, una mistificación? En busca de una explicación positiva ¿terminaremos en una versión moderna de la polémica sobre el sexo de los ángeles?…».

Las ciencias sociales burguesas no se limitan sólo a separar el contenido de los hechos sino que además describen a éstos aislados y fijos sin tratar de captar la estructura global de la sociedad. Al separar los diversos elementos unos de otros se hacen desaparecer las contradicciones, pues toda contradicción es relación entre dos elementos y creen que con los datos así obtenidos, y absteniéndose de todo juicio de valor, lograrán hacer ciencia. Esta ingenua asunción de que los hechos son flores que crecen en el campo y que basta con recogerlos ha sido criticada, no sólo por los marxistas, sino también por algunos profesores occidentales; uno de éstos, Gunnar Myrdal, ha escrito así: «Los hechos científicos no existen per se esperando ser descubiertos por los científicos (…). En el mundo todo está conectado con todas las otras cosas ¿dónde se debe uno detener y en qué dirección debe proceder cuando establece relaciones causales? Las convenciones científicas dan generalmente una guía. Pero (…) la misma convención es una evaluación, generalmente tendenciosa y es la más peligrosa por estar habitualmente oculta en prejuicios tácitos que no son discutidos ni incluso conocidos».

Al presentarse las concepciones burguesas como ciencia adquieren una apariencia de inocencia y neutralidad de la que se valen para atacar al marxismo constituyendo como dice Garaudy una ideología tanto más insidiosa cuanto se presenta como la ausencia de toda ideología. Hay que recordar, no obstante, que esta tendencia a aplicar los métodos científico-naturales y a identificar el conocimiento puramente matemático-racional con el conocimiento en general tiene de todo menos de inocente. Tal tipo de pensamiento nace en combate con el medieval y va a ser, en no poca medida, un arma de la burguesía en su lucha con [10] el mundo anterior, de forma que, no sólo se presenta como el único método verdadero sino como progresista, democrático: la joven, bella y democrática ciencia se opone a la vieja, fea y aristocrática metafísica y teología (Bakunin), y aún hoy en día, cuando un autor considera improcedente la aplicación de los métodos de las ciencias naturales a las sociales, ha de pedir, en las primeras páginas de su libro, que no se le considere colocado «entre esos movimientos reaccionarios, anticientíficos, que tratan de hacer retroceder el tiempo».

Cuando la burguesía ataca al marxismo acusándolo de metafísico no señala que éste no pretende sustituir el llamado método científico por la antigua teología, sino por un método que es realmente científico y revolucionario. Un método que considera que «la anatomía de la sociedad civil debe ser buscada en la economía política» y que no se contenta con la apariencia de los fenómenos sino que trata de captar la realidad esencial que tras ella se oculta. Si la forma fenomenal de las cosas coincidiera inmediatamente con su esencia toda ciencia sería superflua, dice Marx. Para el marxista los componentes de la realidad social no son piezas sueltas que se puedan armar y desarmar mecánicamente sino «momentos» de una totalidad viva, del conjunto de la sociedad en su cambio histórico. Claro está que los «hechos» de los que nos habían las ciencias sociales burguesas son el punto de partida de la reflexión y un fenómeno fundamental, pero no podemos quedarnos con la proyección directa de esos hechos, estáticos, inmóviles, abstractos y muertos tal como los vivimos, producto de la alienación de la sociedad-capitalista, sino que hemos de proceder dialécticamente a ponerlos en relación con la totalidad en devenir; con ello tendremos la representación de la sociedad «pero esta vez ya no como la representación caótica de un todo sino como una rica totalidad de determinaciones y relaciones numerosas». Partiendo de lo inmediato dado, de la apariencia, hemos de buscar las mediaciones por las que pueda ser relacionado con su esencia. Cuando se invoca el culto a lo concreto para quedarse en los simples hechos de la experiencia, se ignora la necesidad del proceso mental que es necesario realizar para llegar a lo verdaderamente concreto que «es la síntesis de múltiples determinaciones, esto es unidad de la diversidad. Por ello aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida aunque es el verdadero punto de partida y, por consiguiente, el verdadero punto de partida de la percepción y de la representación» (Ibidem). No se trata, pues, de introducir elementos subjetivos o de hacer metafísica, de algo que el observador «pone», sino de describir la estructura objetiva de la realidad.

La percepción de hechos no es sino un «momento» del conocimiento y las ciencias sociales burguesas, en cuanto se han limitado a ella, no son sólo una mentira sino un «momento» de la verdad y al criticar a la metafísica no se dan cuenta de que ésta no es sino la hipertrofia, la exageración, de otro de los aspectos del conocimiento: la abstracción. Lenin, en un magnífico texto, pone en claro que si bien para algunos «el idealismo filosófico sólo es inepcia (…), por el contrario desde el punto de vista del materialismo dialéctico, el idealismo filosófico es un desarrollo unilateral, una exuberancia, una superfetación de uno de los rasgos o una de las facetas, de uno de los límites del conocimiento que deviene así un absoluto separado de la materia, de la naturaleza, divinizado. El idealismo es el obscurantismo clerical. Es cierto. Pero el idealismo filosófico es («más exactamente» y «además») el camino que conduce al obscurantismo clerical a través de UNO DE LOS ASPECTOS PARTICULARES del conocimiento (dialéctico) infinitamente complejo del hombre». Las críticas al marxismo-leninismo, desde uno [11] u otro punto de vista, son incapaces de captar la riqueza del pensamiento dialéctico, verdadera superación de todas las visiones parciales.

La afirmación marxista de que los hechos sociales son específicos en relación con el hecho individual, de que tienen un valor cualitativo nuevo diferente de la mera yuxtaposición cuantitativa de sus componentes, no implica creer que en ellos habita el espíritu que los vivifica, como pretendía, Hegel. Esto parecen no entenderlo los sociólogos burgueses.

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 Las ciencias sociales americanas son, sin duda alguna, las que ejercen mayor influencia en Occidente. Participan, en general, de los caracteres que hemos señalado, que aún presentan rasgos más exacerbados como era lógico esperar en un país en que un capitalismo superdesarrollado convierte a todas las relaciones en «fetiches», agudizando la alienación propia de la sociedad burguesa.

Una de las notas más características de las ciencias sociales de los Estados Unidos ha sido la gran acumulación de hechos y datos sin ningún instrumental teórico ni insertarlos en una teoría. Estas investigaciones empíricas comienzan a finales de la primera guerra mundial y poco a poco se van mecanizando. Hacia 1930 se agudiza la tendencia: la sociología va convirtiéndose en una sociografía, renunciando a toda explicación teórica de los datos, que recoge sin ningún objetivo aparente. Se produce lo que los mismos americanos han llamado hyperfactualism que llega a verdaderas aberraciones, de forma que lo que los social scientists presentan como ciencia mueve más bien a hilaridad.

Mucho había contribuido, en el plano teórico, para la implantación de esta tendencia, el tradicional pragmatismo americano con su gusto por lo empírico. Sin embargo, los extremos a que llegó han producido una cierta reacción contra él y una mayor preocupación por los aspectos teóricos. ¿Han mejorado con ello las ciencias sociales americanas? Preferimos que sea el profesor norteamericano Cook quien nos responda: «admirando y emulando las ciencias naturales y con gran incomprensión de sus métodos (…) los social scientists, en general, se han esforzado en desarrollar sus ciencias mediante la imitación, tomando para su propia esfera métodos aparentemente triunfantes en otras partes. La descripción objetiva y la medición precisa se han convertido en sus ideales. Ansiosos por eliminar los prejuicios y, en particular, no incluir sus propios juicios de valor entre los hechos (…) El resultado ha sido, en el mejor de los casos, una interpretación mecánica y eventualmente ha implicado un puro positivismo, más cientificista que científico, y que incluye, frecuentemente, dogmas materialistas y relativistas».

Como se ve el cuadro no es muy halagüeño y a él se une otra serie de rasgos igualmente poco aconsejables.

Las investigaciones, en su casi totalidad, se limitan al examen de la sociedad norteamericana actual, sin preocuparse de los aspectos históricos, con lo cual se tiende a considerarla como un dato «natural», que no ha sufrido ni sufrirá cambios. Por otra parte se procede al estudio de sectores cada vez más parciales, sin relacionarlos unos con otros. Raymond Aron dice que «la sociedad americana tiene escasamente el sentido y el gusto de lo que, aquellos de nosotros que son más o menos hegelianos, llaman el sentido de la totalidad. La sociología americana [12] es profundamente analítica y trata de disolver la totalidad, o realidades globales, en tantos elementos como sea posible y a esclarecerlos desde varios puntos de vista». Se prescinde del estudio de las clases sociales que es sustituido por el de |a «movilidad social», nombre a todas luces inapropiado pues lo que tratan los americanos bajo tal título es el paso individual de un grupo a otro y en ningún caso el movimiento de la sociedad.

La sociedad, las relaciones sociales, se transforman en relaciones entre individuos abstractos, olvidando que no se trata de relaciones entre «individuo e individuo, sino de relaciones entre obrero y capitalista, entre aparcero y propietario territorial. Ocultad esas relaciones y habréis destruido toda la sociedad y vuestro Prometeo no será más que un fantasma sin brazos ni piernas».

Hasta aquí hemos visto cómo las ciencias sociales norteamericanas permanecen dentro de los límites de la «objetividad» burguesa, pero lejos de contentarse con ello se convierten frecuente y abiertamente en una apología del american way of life e incluso en instrumento del imperialismo. Y ello en forma tan grosera que llega a provocar el escándalo de los «científicos» europeos quienes al enjuiciarlas no dudan en decir que «revisten caracteres irritantes tales como su tendencia a disimular, bajo una apariencia de objetividad, una afirmación implícita, pero incondicional, de los «valores» americanos y a transformar el análisis en una apología de la democracia».

Las ciencias sociales americanas tienen una intención eminentemente práctica. Clara muestra de ello es la human engineering; y, por otra parte, el Gobierno y la industria privada emplean a gran cantidad de especialistas en manipulación social que, en ambos casos, usan técnicas análogas. Uno de los hechos más pintorescos es la existencia de varias casas, en California, la más potente de las cuales es Whitaker and Baxter, especializadas en organizar unas elecciones teniendo en cuenta el presupuesto de que dispone el candidato; todo lo referente a la propaganda lo llevan a cabo verdaderos técnicos que proceden de acuerdo a las normas de la publicidad comercial: se trata de «vender» el candidato al público. El Gobierno o las firmas comerciales usan procedimientos análogos para hacer popular una medida política o para obtener una mayor demanda de un producto. Las autoridades organizan gigantescas campañas publicitarias que, con un eufemismo, se denominan «acción psicológica» o «condicionamiento de los espíritus».

En el ámbito de la empresa privada la Sociología Industrial y la técnica de las human relations tratan de hacer que el obrero acepte la autoridad patronal, a reducir las tensiones y a enmascarar la lucha de clases. La democracia estadística crea un tipo de obrero y ciudadano «normal» y todo intento de salirse de él es considerado como patológico, convirtiendo las dificultades del sistema en rebeldías de tipo privado.

Es sin duda en este aspecto de la manipulación social donde los social scientists han desplegado una actividad mayor y conseguido desarrollar técnicas más perfectas. Pero en el fondo sólo se trata de un gigantesco esfuerzo –tal vez el último– de la clase capitalista para conservar el poder.

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La mayoría de estos temas, y muy en especial los de la sociología norteamericana, van a reaparecer en el libro del Señor Tierno Galván que, ya en las primeras páginas, nos advierte de que el uso casi exclusivo que en él se hace [13] de autores norteamericanos se debe al propósito deliberado de que la mentalidad de éstos «corrija la tendencia nacional a la generalización y la abstracción» (p. 7). Después de leer las 167 páginas del libro en cuestión no podemos por menos que admirar el profundo carácter hispano de su autor, si no por el lenguaje al menos por cuanto a abstracción se refiere.

No vaya a creerse que el Señor Tierno Galván incurrirá en el defecto del hyperfactualism, pues si bien nos pone en guardia contra «toda transposición de tópicos metafísicos al plano sociológico» (p. 16) e incluso confiesa abiertamente su antipatía por la filosofía, a la que parece pretende sustituir por la sociología (filosofía de los no filósofos la llamaba Gramsci), no por ello deja de hacer abundante uso del neopositivismo, la semántica americana y de esa filosofía de Babitts derivada de la realidad más inmediata del capitalismo que es el pragmatismo.

Con tal aparato conceptual emprende el Señor Tierno Galván el arduo camino de la elaboración de una sociología científica mediante la aplicación de métodos rigurosos (p. 13) y con una exactitud de formulación comparable con la de las ciencias matemáticas, haciendo de las leyes sociológicas «semejantes a las leyes físicas si nos atenemos a su estructura y no a los fenómenos que estudian» (p. 16). Para lograr tan ambiciosos objetivos el autor nos anuncia que se propone utilizar la «lógica del análisis funcional»; ¿en qué consiste? El Señor Tierno Galván reproduce la definición que de ella da Hempel: «El objeto del análisis es un cierto tema (t) que se define por unas características o constantes persistentes dadas en un cierto sistema: el análisis pretende mostrar que un elemento (una posición diríamos nosotros – Tierno Galván) está en un estado o condición propia, cp, y con relación a un contorno que presenta unas ciertas condiciones externas, ce, tales, que en estas condiciones cp y ce, el tema (t) produce efectos con los que satisface alguna necesidad o exigencia funcional de S; es decir, una condición n, que se considera necesario para que el sistema permanezca en la actividad que le convenga» (p. 21). Es posible que muchos lectores quedarán gratamente impresionados ante el alto rigor, producto de una formulación cuasimatemática, de tal procedimiento, pero es probable que al mismo tiempo les asalte la duda de si con el mismo se conseguirá corregir «la tendencia nacional a la generalización y la abstracción» que el Señor Tierno Galván nos anunció pretendía combatir. Y ello mucho más cuando después se nos dice que a la sociología se ha de aplicar «la estructura del método matemático en la medida que es posible» (p. 143) y que el fin de esta ciencia en los países occidentales es crear «un conjunto de conexiones lógico-formales» (p. 149) cuya característica, mucho nos tememos, es precisamente la abstracción.

Claro está que, con la aplicación de tal método será más fácil lograr «un lenguaje especializado» y «con la mayor univocidad posible» (p. 143) que el Señor Tierno Galván considera necesario. De la univocidad y rigor conseguidos por los autores que lo han usado y que más se citan en el libro que comentamos juzgará el lector por los ejemplos que siguen: según Parsons, se nos dice, «parece que se entiende por modelos de variables…» (p. 26); «que entiende Merton por paradigmas no está establecido con absoluta claridad…» (p. 27); «las definiciones de role son imprecisas…» (p. 30), &c.

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En el examen de la realidad social la «lógica del análisis funcional» tiene muy en cuenta el principio de la reciprocidad funcional para el cual «toda función dentro de un sistema es una variable respecto a cualquier otra función del sistema [14] de modo que todo cambio en una función repercute en la estabilidad general del sistema» (p. 18); y así se nos dice, «cuando A satisface las necesidades de B, B satisface las necesidades de C y C satisface las necesidades de A es incuestionable que aquí se da el principio general de reciprocidad» (ibid.). Convenimos en ello de buen grado, pero lo que ya nos parece más cuestionable es que, en la sociedad se de tan idílica visión, esa pacífica ultraestabilidad y, en efecto, se admite la existencia de factores perturbadores de esa armonía pues en todo sistema empírico dado se produce una tensión como resultado del hecho de que «unas funciones tienden a prevalecer, sobre las otras» (p. 19). El lector debe cuidarse mucho de no confundir esta tensión del sistema con esa concepción, condenada como acientífica por el Señor Tierno Galván, que es la lucha de clases, pues aquí los titulares de la tensión son «funciones» y ni que decir tiene que no tratan de sobreponerse por razones de tipo económico sino que tal tendencia es el resultado de un activismo abstracto o de un vitalismo irracional. Por otra parte se nos informa de que dicha tensión o lucha es muy saludable, pues «la desaparición de la tensión implica la desaparición del sistema, traducido a términos estéticos equivale a la teoría de Spengler sobre la decadencia y muerte de la civilización» (p. 20); lo que, al parecer, sí es malo es que tal lucha tome la forma demasiado violenta de «colisión» y para evitarlo existen ciertas instituciones cuya naturaleza no se precisa demasiado.

Por otra parte, no todas las funciones son de igual jerarquía pues unas son primarias y otras secundarias según su importancia en el sistema: «la función religiosa en una comunidad medieval, por ejemplo, condiciona todas las demás y está afectada por ellas; es una función primaria. La función técnica, de pintar retablos es secundaria» (p. 19). Dejemos a un lado la discusión, que sin duda sería rechazada como histórico-estética por el Señor Tierno Galván, de si la Edad Media vivía de la religión o de si no será más bien la forma en que vivían la que explicaría el predominio de ésta. Lo que consideramos importante retener son las consecuencias que del anterior análisis se deducen y que creemos evidentes. Para los marxistas, la existencia de antagonismos en la sociedad es consecuencia de la existencia de clases sociales y tratamos de suprimir los primeros mediante la superación de las segundas. Pues bien, según el autor del libro que comentamos: 1) la existencia de tales antagonismos es algo muy saludable pues en ellos consiste la vida, 2) lo que los origina no son las clases sociales, que no existen, sino el hecho de que hay funciones diversas, y 3) dado el carácter abstracto de las funciones siempre las habrá y, en consecuencia, siempre tendremos tensiones; lo que debemos procurar es mantenerlas dentro del «orden».

Claro está que, para, llegar a estas, conclusiones tan halagüeñas al mundo capitalista ha sido preciso disolver toda la realidad social a fuerza de abstracción, reduciéndola a categorías lógicas con lo cual, pese a todas las protestas del Señor Tierno Galván de combatir a la metafísica y de positivismo se nos aparece como un filósofo especulativo en el peor sentido del término –y, por usar una imagen de Marx, todo lo que le distingue de un cristiano es que, para éste, sólo hay una encarnación del Logos en tanto que nuestro autor llega más lejos en las encarnaciones pues reduce todo el mundo real, a categorías lógicas.

Por esta vía, ni los hechos más inmediatos y evidentes pueden ser captados y a lo más que se llega es a su caricatura.

En España vivimos una dictadura de las clases más reaccionarias de la población; el Señor Tierno Galván debería tener motivos para conocerlo. ¿Cuál es la característica de una dictadura según él? Que de las tres funciones clásicas [15] del Estado –legislativa, ejecutiva y judicial– una de ellas, la ejecutiva, ha conseguido predominar casi en forma absoluta (p. 20). ¿Por qué? ¿Cómo? Al parecer todo intento de contestar a estas preguntas o de penetrar en las bases materiales del Régimen nos llevaría inevitablemente a deslizamos por la peligrosa e insegura senda de la metafísica, cuando no del esteticismo. No vaya a creerse que tal visión de la dictadura es solamente un error teórico pues las consecuencias prácticas que implica son peligrosísimas: sustitúyase a Franco por alguien menos «duro», dense ciertas atribuciones a las Cortes y algo de autonomía judicial y la dictadura habrá desaparecido. En otras palabras, el franquismo «liberalizado».

Claro está que el Señor Tierno Galván conoce la existencia de la violencia y del terror; de ellos nos habla en otra parte, en relación con el control social y sin hacer referencia a la dictadura. Define a tal control como el medio de dirigir, condicionar u orientar la conducta de los individuos por medios diversos. Lo cierto es, se nos dice, que «no hay convivencia sin control social» (p. 71) y que el terror sería la forma más violenta de ejercer éste. Se reconoce también que «el terror sin más, en cuanto medio de control social es ineficaz en grado sumo y desaparece rápidamente; tiene que haber elementos estructurales, con el correspondiente subsuelo psicológico, que lo sostengan. Por lo común se trata de intereses concretos que benefician a una parte extensa y privilegiada del grupo en el qué se da el terror» (p. 72); y si es así y dado que –salvo el mejor parecer del Señor Tierno Galván– en España sufrimos de ese terror, por mucho que consigamos el equilibrio entre las tres funciones del Estado el terror continuará subsistiendo y, mientras persistan esos intereses que todos conocemos, la dictadura sólo habrá terminado en la mente de algún catedrático de derecho político, pero no para el pueblo español.

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Dejemos sin embargo a un lado la política y adentrémonos por el camino de una sociología científica y «neutral» tal como el libro que comentamos la entiende.

Para ello su autor nos encarece insistentemente huir de la metafísica, en la que ve toda suerte de confusiones y a la que atribuye el atraso de las disciplinas sociológicas, y nos recomienda evitar preguntas sin sentido, tales como «¿qué es la realidad social?» (p. 16), así como abstenernos del uso de categorías como la de «clase social; que es de escaso alcance sociológico» (p. 78). Al parecer debemos usar categorías que sean relevantes para la solución de algún problema como por ejemplo la categoría de «estructura-función» cuyo «alcance sociológico» queda patente cuando el Señor Tierno Galván nos explica que sería aplicable «al conjunto de los diversos pasajeros reunidos en un departamento de un vagón de ferrocarril» (p. 56).

Claro está que también la ciencia tiene sus dificultades y no todo es coser y cantar, como podría pensar algún espíritu ligero; así por ejemplo se nos previene de que «la determinación del punto de tensión en las estructuras del sistema es difícil de lograr cuando el sistema es muy complejo», pero la intranquilidad que tal afirmación ha podido producirnos se desvanece inmediatamente al saber que «no obstante, la moderna técnica, en especial los cerebros electrónicos, pueden dar informaciones muy seguras» (p. 20). Mientras esperamos impacientes el día venturoso para la sociología española en que el Señor Tierno Galván provisto de [16] un cerebro electrónico, sin duda de fabricación norteamericana, establezca el grado de tensión existente en nuestra sociedad, contentémonos con ver los resultados que logra con procedimientos más rudimentarios.

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En el libro que comentamos se nos propone el ejemplo de un obrero que carga sacos de cemento en una obra, haciéndonos saber que tal acción constituye una «formalización» (p. 30). En el mismo lugar se nos dice que «la palabra formalización designa los actos integrados en el cumplimiento de un role». Lamentablemente ocurre que «las definiciones de role son imprecisas y resulta difícil su aplicación técnica» (ibid.) pues «todo tiene en la sociedad actual un cierto role» (p. 31). No se crea que esto nos va a hacer renunciar a interpretar la actividad del obrero que carga sacos de cemento según la «teoría y técnica del grupo de Salamanca» para el cual esta reducción de las posibilidades teóricas del concepto role aumenta sus posibilidades en cuanto instrumento para una aplicación eficaz del mismo (p. 31), y así se nos dice que «el comportamiento se conexiona con el modelo o modelos a través de una concreción del comportamiento en una actividad singularizada dentro de un cierto status. A esta conexión y actividad llamamos role» (p. 30). Dejando, pues, a un lado el status resulta de todo esto que el obrero que carga sacos de cemento está realizando una actividad a través de la cual conexiona su comportamiento a un modelo. ¿A qué modelo? Nuevas dificultades nos asaltan pues no parece que responda a ninguno de los modelos que el Señor Tierno Galván nos propone en su libro, a saber, «la adolescencia vital, alegre y feliz» (p. 25), «el atleta» (p. 26), ni siquiera creemos que pueda ser incluido entre los modelos que nuestro autor llama «más generales», esto es: «el científico, el médico, el turista y consejero (¡sic!), el soldado, el patriota y cívico, el profesor desinteresado y estudioso, &c.» (p. 32). ¿No será, después de todo, que el obrero que carga sacos de cemento responde al modelo de… obrero que carga sacos de cemento?…

No reprochamos al autor que comentamos el estudiar las acciones más cotidianas, más habituales. Marx en el Capital también parte de lo más simple, de lo más trivial, de lo que hay de más frecuente en la vida de las masas y que se encuentra a cada instante: la relación de cambio; pero para poder lograr comprenderla debe llegar a toda la sociedad actual, la estructura global del capitalismo y poner de relieve sus leyes que en ningún momento son abstractas ni formales. Quedarse con esas acciones cotidianas y limitarse a clasificarlas según criterios formales, abstractos e irrelevantes significa renunciar a comprenderlas.

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Una de las categorías que el Señor Tierno Galván utiliza más en su libro es la de «modelo» entendiendo por tal «el conjunto estructural de significados que orientan y definen un comportamiento» (p. 25). No se trata pues de arquetipos deseables, ni debe entenderse en un sentido axiológico. El modelo puede ser bueno o malo según la moral al uso; lo que importa es que expresa la existencia de «un foco orientador del comportamiento». La construcción es muy semejante a lo que los norteamericanos, diferenciándolo de los «tipos» de sociedades (societal models), llaman «tipos» de personas, acciones o actitudes. En la técnica norteamericana [17] para elaborar tales «tipos» se toman varios rasgos comunes a diversas clases de comportamientos o conductas y se adscriben a un actor ideal al que se atribuyen ciertas nociones, propósitos y actitudes, en suma un conjunto de ideas que dan sentido a su conducta; así se forma por ejemplo el «tipo» de caballero. Ocurre sin embargo que el Señor Tierno Galván, llevado por la influencia del behaviorism, no considera a las ideas humanas como dignas de interés científico de suerte que lo que da sentido a las conductas, el «foco orientador del comportamiento, ni son las ideas de los hombres ni está en la sociedad, sino que se convierte en un ente exterior, verdaderamente metafísico que, no se sabe por qué poderes sobrenaturales, hace a los humanos actuar de cierta manera. Así nos dice, por ejemplo, que «la evolución de la estructura de los modelos implica evolución de los hechos regulados por la estructura» (p. 15); es decir, que no son los hechos los que configuran el modelo sino que éste, sin duda desde algún lugar celeste, regula a aquéllos.

De aquí pasa a explicarnos la categoría cambio social ¡como un cambio de modelos! (p. 42). En la Edad Media, por ejemplo, «el modelo «caballero» inició un cambio bajo el impacto del modelo «burgués» (p. 39). ¿Por qué cambian los modelos? Misterio. Al parecer están en un lugar demasiado inaccesible para que los mortales podamos saberlo.

En suma que, o bien el Señor Tierno Galván renuncia a su behaviorism y admite que la construcción de modelos se hace teniendo en cuenta las ideas de los hombres en una época –así quiera introducirlas con otro nombre–, o bien se incurre en una versión barroca del idealismo platónico. Pero ni en el mejor de los casos nos explicaría por qué cada modelo se da en un tiempo y lugar determinado; por qué el modelo caballero se da en la Edad Media y no en otra y cuál es la razón de su sustitución. Para explicar eso habría que examinar cuáles eran los hombres de la Edad Media, sus necesidades, sus fuerzas productivas, cómo éstas se modificaron, &c. «Don Quijote ha expiado ya el error de creer que la caballería andante podía acomodarse a todas las formas económicas de la sociedad» y su ejemplo debería ser aleccionador para muchos sociólogos.

Decir que «el cambio social se produce siempre por la relación entre grupos con distintos modelos, pero no se pueden establecer constantes que expliquen el sentido de los cambios» (p. 44) equivale a no decir nada sobre la razón de esa diversidad de modelos, sobre la causa de que prevalezcan unos sobre otros ni, en definitiva, sobre el cambio social.

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Hemos hablado sobre el behaviorism del Señor Tierno Galván y vamos a detenernos en este aspecto pues bajo la apariencia de materialismo y ciencia se encuentra una concepción profundamente idealista y anticientífica.

En el capítulo que trata sobre «La escasa utilidad de la categoría idea en sociología» nos dice que ideas es una categoría filosófica muy imprecisa: «las ideas equivalen a ondas estacionarias cerebrales, con su correspondiente configuración y entropía negativa. Más allá queda la percepción interna que no tiene interés científico en cuanto no es observable. La cuestión para el sociólogo radica en que su quehacer no es el del físico o el del químico, pero tiene, no obstante, que recaer sobre algo observable» (p. 61); y más adelante añade: «Es indiferente que haya o no ideas, lo que importa al biofísico son, por ejemplo, los iones de sodio, y desde nuestro punto de vista las actitudes» (p. 62). Como es sabido, la afirmación [18] de que lo propio de la ciencia es lo dado en la percepción, lo observable por los sentidos, constituye una de las notas comunes de todas las corrientes del neopositivismo.

El neopositivismo nace como consecuencia de los intentos de Ernst Mach de conseguir la unidad de todas las ciencias mediante el reconocimiento de que toda autoridad científica reside en la percepción. El idealismo de Mach, para quien lo que constituye la materia son los fenómenos que la revelan, se repite, en mayor o menor grado, en todos los representantes del neopositivismo. Damos por conocida la obra de Lenin y no vamos a repetir aquí sus argumentos; lo que sí importa resaltar es que basándose en el postulado de la «observabilidad» proceden a atacar al marxismo reprochándole ser «metafísico» o bien sus «abusos de abstracción científica». Así el Señor Tierno Galván afirma que «el neopositivismo ha desposeído a los elementos de la teoría marxista que se han aceptado como valiosos por los grupos culturales de occidente, de sus residuos metafísicos» (p. 159). Como el valor, o la plusvalía, o el trabajo abstracto no pueden ser vistos, ni tocados con el dedo, ni gustados con la lengua no son sino invenciones metafísicas para ellos.

Este escepticismo de gran señor que sólo conoce los «hechos» ignora que Marx llamaba «imbéciles vulgares» a los economistas que, diciéndose realistas, sólo reconocían la superficie de los fenómenos negándose a superar este primer momento del conocimiento para, mediante la elaboración teórica, llegar a la esencia.

Ocurre además que los hechos de que nos hablan los neopositivistas. no son los hechos de la realidad, que existen independientemente de las sensaciones y representaciones humanas, sino que lo único que les merece interés son dichas sensaciones, o dicho de otra forma, las cosas sólo existen en tanto que dadas en la percepción, en las sensaciones.

El neopositivismo (Rudolf Carnap, Otto Neurath, Moritz Schlick, Hempel, &c.) llevado hasta sus últimas consecuencias se convierte en una versión moderna del viejo idealismo de Berkeley con su principio: «Existir es ser percibido».

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Según el Señor Tierno Galván cuando el control social es ejercido por un grupo con prestigio positivo, llamamos a éste élite (p. 77). Ni que decir tiene que tales élites no se caracterizan en base a notas económicas e incluso el sólo hecho de que se adscriban a un interés económico haría que dejaran de ser élites (p. 78). La razón por la que se esfuerzan en lograr ejercer el control social aparece desconocida o, mejor dicho, no existe. La única solución sería la voluntad de dominio, el irracionalismo, en fin.

Lo cierto es que el control social ha aumentado en nuestros días y el autor del libro que comentamos así lo reconoce. ¿Cuáles son las causas de este aumento? ¿En qué hechos se fundamenta? 1) En primer lugar se nos dice que «el desgaste de los modelos rectores» que la humanidad antes seguía ha producido un aumento de la «capacidad del hombre moderno para el terror» (p. 74). 2) A ello se une «la descristianización de Occidente» y la falta de creencia en un ser transcendente al que se subordine este control (p. 75). 3) Por otra parte existe una «reacción contra la moral de ambigüedad» propia del cristianismo. En esta «reacción» coloca el autor a Maquiavelo, Nietzsche, el héroe de La Chute de Camus, [19] el comunismo y el freudismo, y desde tales puntos de vista nos dice que se justifica un control social con pretensiones absolutas (pp. 75 y 76). 4) Existe además una «naturalización del hombre» por el análisis científico que ha puesto al alcance técnicas más refinadas de control social. 5) Hemos dejado para último lugar lo que el Señor Tierno Galván llama «aumento de la objetivización colectiva del resentimiento en agresividad». Según nos explica, «a medida que grupos humanos más numerosos toman conciencia de su derecho a participar del «consumo» de bienes desde una igualdad jurídico-política, el resentimiento adquiere la estructura colectiva de la lucha de clases. La teoría cristiana de la relación individual que supera, desde el amor, el odio, queda desplazada por la tensión colectiva entre pobres y ricos, revolucionarios y conservadores, etc… los grupos políticos y sociales, en cuanto expresan resentimiento económico, son la base de la estructura dinámica de Europa» (p. 74). Para el Señor Tierno Galván lo que diferencia a un obrero de su patrono, no es el lugar que uno y otro ocupan, en las relaciones de producción, sino que el primero, tiene resentimiento y el segundo no. En resumen, las clases sociales no existen sino sólo fenómenos psicológicos. La añoranza neorromántica por aquellos buenos viejos tiempos en que las clases ahogaban en amor cristiano su resentimiento, en que había modelos sólidos y creencia en una voluntad transcendente, no impide a nuestro autor, como luego veremos, ser realista, comprender que tal situación es irreversible y buscar procedimientos modernos para evitar que ese resentimiento estalle.

Parece ser que los social scientists y sus seguidores están condenados a no reconocer la lucha de clases. Ello implicaría tomar conciencia de las contradicciones de su sistema y del carácter perecedero del mismo. Las tendencias que tratan de enmascarar estos hechos son varias. El «capitalismo popular» que según se dice, ha convertido a los obreros en capitalistas; la «movilidad social» según la cual, el capitalismo ofrece a todos oportunidades iguales, &c. El marxista sabe que obrero y capitalista, son dos términos correlativos, que están en relación dialéctica. Ambos «forman como tales un todo. Son dos formas del mundo de la propiedad privada», dice Marx en un texto archiconocido. No puede ser suprimido uno sin suprimir el otro y ninguno de los dos sin suprimir la propiedad privada. Tratar de negar al obrero y conservar al capitalista como pretende el «capitalismo popular» constituye, en el mejor de los casos, si se hace de buena fe, una ingenuidad pues aquí no sirven los procedimientos de lógica formal sino que hay que lograr su superación dialéctica; esto es, hallar un tercer término que sintetice y suprima, superándolos, los términos antitéticos. En una palabra, la supresión del mundo de la propiedad privada de los medios de producción.

La teoría de la «movilidad social» que pone a circular enternecedoras historias de Ford o Rockefeller vendiendo periódicos en su juventud, ha olvidado divulgar las de los millones que se quedaron toda su vida vendiéndolos. El empleo de cálculos matemáticos en la averiguación de las posibilidades que cada une tiene de ascender de grupo social (el estudio de las probabilidades de descenso no es «interesante») ha permitido a «científicos» como S. Price establecer que los descendientes de familias de cualquier situación tendrán oportunidad de encontrarse en la clase superior una vez cada dieciséis generaciones, esto es, dos veces cada mil años: el obrero puede estar feliz sabiendo la hermosa perspectiva que la sociedad abierta ofrece a sus descendientes.

Siguiendo estas líneas el Señor Tierno Galván niega la existencia de la realidad objetiva de la clase afirmando: «En la medida que (la categoría clase) pierde estructura aumentan los elementos psicológicos de valoración hasta el punto [20] que la oposición construida (?¡) por Marx y Engels entre proletariado y burguesía se convierte cada vez más, en el mundo occidental, en una oposición de carácter psicológico, sin configuración estructural concreta. La reducción de la lucha de clases a tensión psicológica individual convierte a la categoría clase en un instrumento intelectual de escaso alcance sociológico» (p. 78). Admiremos la diabólica habilidad de agitadores como Marx y Engels y los comunistas todos que sin ninguna base objetiva envenenan las mentes de los pobres obreros y son capaces de construir categorías que al ser difundidas entre diversos grupos crean el resentimiento que constituye «la base de la estructura dinámica de Europa» (p. 74) Rehabilitemos a Comín Colomer y sus historias sobre pactos satánicos. Y entre tanto, como científicos que somos, usemos categorías rigurosas como la de «pobres y ricos» (pp. 74, 78, 84, &c.).

Disuelta la lucha de clases, la política puede desarrollarse en adelante como lucha entre grupos que no tienen carácter económico y que tratan de presionar o influir al Gobierno para lograr medidas que les favorezcan, pero que desde luego no ponen en cuestión el orden establecido. En la técnica norteamericana, estos grupos de presión van a constituir la principal preocupación del estudio de los social scientists. En ellos, aparecen mezclados por igual la sociedad protectora de animales con los Testigos de Jehová, las Hijas de la Revolución Americana o los grandes consorcios industriales.

La crítica de la categoría de clase social que hace el Señor Tierno Galván va a constituir la base de su crítica al marxismo. Ni el lector de imaginación más viva puede sospechar en qué se va a basar ésta: en que «el ataque marxista a la racionalización industrial del trabajo se fundamenta en supuestos psicológicos», cuando en realidad el problema ha de plantearse «en función de las estructuras y no de la psicología» (p. 138). No se trata de una autocrítica, como parecería lógico, sino de una crítica al marxismo. ¿Dónde ha leído esto el autor? Se nos informa que «al menos esto parece concluirse del teórico más conocido en este sentido, George Lukacs, quien en un libro famoso titulado Historia y conciencia de clases, ha desarrollado el tema de la cosificación industrial producida por el capitalismo». Llamar a Lukacs «el teórico más conocido en este sentido», dice muy poco de los conocimientos de marxismo del Señor Tierno Galván que parece ignorar que la cosificación es el tema desarrollado en el Capital con el nombre de «fetichismo de la mercancía». Aparte de esto, convendría recordar que Lukacs en su libro no pretende hacer una crítica sistemática de la sociedad industrial ni del capitalismo, sino estudiar «los problemas ideológicos del capitalismo» para lo cual dice claramente que emprende esa tarea «presuponiendo los análisis económicos de Marx». Si el Señor Tierno Galván cree que hacer una crítica de ideologías es entrar en psicología, e ignora los análisis económicos de Marx ello es culpa suya y no del marxismo. Por otra parte, se puede estar o no de acuerdo con la importancia que Lukacs atribuye al problema de la cosificación –y no pocos marxistas la creen exagerada– , lo que no está bien es considerar a un autor tan discutido como el filósofo húngaro como máximo exponente del marxismo y basarse en él para hacer una exposición caricaturizada del materialismo histórico desconociendo el A B C del mismo. Cuando se afirma que «a medida que el obrero ha participado en el consumo en proporciones prácticamente burguesas la cosificación ha desaparecido: La superación de la miseria le ha puesto en contacto con la totalidad; la cuestión es pues muy clara, un cierto nivel de consumo impide la cosificación» (p. 139), si se cree que con ello se refuta el marxismo no sólo se demuestra una falta de información sobre la situación de los obreros, cosa [21] por otra parte muy lógica en un Profesor desinteresado y estudioso, sino que además se denota poco conocimiento sobre el significado que para los marxistas tienen términos tales como «obrero», «burguesía» y «cosificación», cosa esta última ya no tan lógica en un Catedrático de Derecho Político, sociólogo por añadidura y autor de un libro con pretensiones científicas. Por otra parte, si en realidad se quiere refutar a Marx, podría tomarse el trabajo de emprenderla con el Capital y teorías tales como la del valor o la de la plus-valía p. e. con lo cual recibiría el reconocimiento de los economistas burgueses que llevan casi un siglo intentándolo sin éxito.


SOCIOLOGIA

301 T53 1960